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Pieza del mes julio 2012

  • La pieza
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  • El cuadro
  • Biografía del artista
  • Ficha técnica
    • Mujer sentada, por José Luis Sánchez

      INTRODUCCIÓN

      Entender la figura del escultor José Luis Sánchez, y su trabajo, va más allá de analizar la impecable trayectoria de un artista que, a través de su buen hacer en la escultura, ha abierto puertas a generaciones posteriores y asentó bases en la escultura contemporánea. Es, sin lugar a dudas, una de las personalidades claves para entender la historia del arte de los últimos cincuenta años en España, no sólo por su producción, sino por su interés e involucración en los complejos inicios del arte contemporáneo español.

      Vinculado desde muy joven al Ateneo de Madrid, participó de manera desinteresada en la creación y puesta en marcha de las salas de exposiciones de la institución –Sala de Santa Catalina y Sala del Prado– viviendo de primera mano aquellos difíciles años donde un grupo de artistas inconformistas despertaban de la postguerra española a una sociedad aún anclada en los viejos y tradicionales Salones artísticos. En paralelo a las figuras de José Luis Tafur, Carlos Areán, Romero Escassi o Vicente Cacho Viu, José Luis Sánchez es un testigo excepcional del resurgir de las vanguardias y de cómo estas cristalizaron el término de “arte contemporáneo”. No es frecuente –nada frecuente– encontrarse delante de la obra de un artista que, además de producirla, ha sabido admirar su entorno, a sus compañeros de profesión y fraguar una visión del arte contemporáneo no sólo desde la consabida teoría, sino desde las vivencias en propia piel, siendo testigo del paso de grandes artistas (Antonio López, Lucio Muñoz, Manuel Millares y un largo etcétera) por las salas del Ateneo de Madrid y contribuyendo, de una manera u otra, al montaje de las exposiciones de éstos y a transmitir las muchas anécdotas de aquellos convulsos años.

      En la colección del Ateneo de Madrid se conserva un dibujo, Mujer sentada, obra que quedó en los fondos de la institución tras su exposición escultórica, en la Sala del Prado, que el artista realizó en el mes de abril de 1955. Esta es nuestra Pieza del Mes.

      No obstante, y por su relevancia para con la institución ateneísta, reproducimos a continuación un texto elaborado por el autor y realizado ex profeso para el Ateneo de Madrid, donde rememora aquellos importantes años:

      “Jugando con los límites que marcan en nuestras vidas “El azar y la necesidad” según la obra de Jacques Monod, premio Nobel de fisiología en 1974, trataré de rememorar mis vivencias, tan antiguas ya, de mi contacto con el Ateneo de Madrid que datan de los últimos años 40. Era yo entonces ateneísta tenaz, pues su biblioteca amparaba mis dificultosos estudios de Derecho hacia los que había derivado mi frustración de preparar mi ingreso en la Escuela de Arquitectura, carrera que entonces era muy elitista. Trabajaba yo entonces en el Banco Central, en la calle de Alcalá, cercano al Ateneo, y en mitad del camino estaba la Escuela de Artes y Oficios en la que bajo el ejemplo de Ángel Ferrant iniciaba mi aprendizaje como escultor. Por aquellos días obtuve una beca convocada por la Delegación de Cultura, con la que pude viajar a Italia, iniciando así un conocimiento artístico y respirando por primera vez un aire fresco que despejaba el oscuro plomo cultura de la España de los 50, formación que poco después pude continuar en Milán y en París, recibiendo así una triple impresión (clasicismo y renacimiento; diseño e integración de las artes; cubismo y vanguardias) que han marcado mi particular forma de situarme en el mundo de las artes.

      El resultado de estas azarosas vivencias acabó siendo resumido en la publicación de un libro que la delegación me encargó confeccionar en el que aparecían las obras de los jóvenes artistas becados por ella desde 1953 a 1955. Esta publicación, una de las primeras que en postguerra daba notica de un inquieto arte joven estaba prologado por Gaspar Gómez de la Serna y Enrique Lafuente Ferrari, me hizo entrar en contacto personal con aquellos artistas, lo que facilitaría mi trabajo junto al emprendido por Vicente Cacho Viu en la sala de exposiciones del Ateneo de Madrid.

      Sirva todo ello, todo este azar, para intentar pasar a explicar mi labor junto a Vicente Cacho como asesor, montador de exposiciones, diseñador de las publicaciones a partir de mi propio catálogo prologado por Ángel Ferrant, que amparaba mi primera exposición en esta sala a mediados del año 1955 y que fue mi iniciación en el mundo del arte.

      Todos aquellos jóvenes artistas que por entonces habían roto su aislamiento del mundo civilizado, desconectados de las vanguardias frustradas por nuestra guerra, y la coincidencia de mis contactos con muchos de ellos unida a la ambición de obtener una publicación modesta pero insólita, fraguó una segunda época expositiva en el Ateneo que anteriormente, en los años republicanos, había sido la sede de exposiciones de Benjamín Palencia, de Alberto Sánchez, de Alberti. Se intentaba con la dirección de Vicente Cacho y con el apoyo de la revista Ateneo, dirigida por Luís Ponce de León, que contaba con la colaboración de José Hierro y otros intelectuales de la época, romper el desinterés y el mal gusto de aquella sociedad, recuperar y valorar la obra de aquellos pintores que por diferentes cusas se habían salvado de la quema y el exilio: Vázquez Díaz, Ortega Muños, Benjamín Palencia, Pancho Cossío. Ellos habrían de romper el fuego, empezando por Vázquez Díaz y su exposición “El niño ciego”, con catálogo prologado por Vicente Aleixandre. Fueron luego pasando por la Sala del Prado, situada en un pequeño local debajo de la escalera de acceso a mano derecha, instaurando unos montajes sobrios y lejos de aquellos terciopelos y columnas salomónicas que caracterizaban la época, la mayoría de aquellos artistas con los que yo había conectado durante las becas anteriormente citadas.

      La Sala del Prado se convierte así en un foco permanente de aquel intento general de quemar etapas. Baste con decir que entre los años 1953-1956 expusieron allí todos los artistas que entonces formaron El Paso, salvo Saura, con exposiciones que llevaban adjunto unos catálogos que prologaba las grandes firmas literarias y poéticas de entonces. Seria tedioso enumerar los artistas que pasaron por la sala. Baste añadir a los que formaron el grupo El Paso y a los que estaban cercanos a su expresión, a casi todos los pintores de la Escuela de Madrid y a un interesante intercambio con artistas catalanes en los cuatro años de dirección de Cacho Viu. Un total de veintitantas exposiciones antes de la llegada de José Luís Tafur desde Sevilla, en la que desempeñaba la secretaría del Club La Rábida, el cual continuó con una programación preparada y comprometida por Cacho.

      Vicente Cacho había encontrado refugio en el Ateneo para preparar lo que sería su tesis cultural sobre la Institución Libre de Enseñanza, y delegaba en mi criterio la selección de exposiciones en íntimo y coherente concierto. Su posición era más conservadora que mis ímpetus, pero fue siempre muy tolerante y coherente con ellos. Debo consignar que la asesoría estaba completada y compartida con el buen discernimiento de José Hierro y de José María Jover desde la revista Ateneo. Tafur, a su llegada se había encontrado con un calendario previo, pero su carácter decidido y audaz hizo que la labor expositiva se hiciese más fresca, más en consonancia con lo que se hacía en España. Contactos con artistas y galerías de París y de Roma facilitaron aquel empeño.

      Por entonces procedimos a habilitar unas carboneras de la parte baja del edificio que daba a la calle de Santa Catalina convirtiéndolas en una espléndida sala que con este nombre empezó a presentar exposiciones más ambiciosas, enfatizando lo anteriormente realizado en la Sala del Prado y presentando muestras tan significativas y novedosas como una colección de arte negro, la primera que se hizo en Madrid. Y la primicia absoluta, en el año 1960, del escultor Julio González entonces desconocido en nuestro país; también en esta nueva sala se iniciaron una serie de exposiciones monográficas (La continuidad del Arte sacro, La navidad vista por los niños, Pintura alemana contemporánea, Vegaviana, Ocho pintores venecianos, Cerámica valenciana, Joyas de Arnaldo y Gio Pomodoro, los naipes del museo Fournier, Arte precolombino, etc) así como algunas de las primeras exposiciones de fotografía y de algunos pintores de relevancia internacional (Hans Hurtung, Guayasamín, Zao Wou-Ki, Georges Matjieu, Fautrier, Emilio Védova y otros) lo que marcó una época de alto interés cultural.

      Estuve al lado de Tafur, trabajando con entusiasmo y complicidad, hasta que los compromisos de mi oficio de escultor me impidieron continuar. También Tafur dejó poco tiempo después aquella dirección siendo sustituido por Romero Escassi (ayudado por Ana Beristain) y después por Carlos Arean. Mis ocupaciones me alejaron de aquella labor que tanto me divertía y estimulaba, y con la que creo que contribuimos al asentamiento de un arte hasta entonces crepuscular.

      Y todo ello con una escasez de medios que contrastando con la compleja organización que impera en el mundo expositivo actual (comisariados, seguros, embalajes, transportes, préstamos de obra, etc) podríamos calificar de milagro.

      Guardo de aquellos años un imborrable recuerdo, una lejana nostalgia aumentada por la edad. Incomprensiblemente este recuerdo creo que no lo comparte el sofisticado mundo del arte actual: son raras, sobran los dedos de una mano para contarlos, los ecos, los comentarios que la impagable labor que el Ateneo prestó al arte contemporáneo en aquellos tiempos de niebla han suscitado en la crítica artística durante y después de medio siglo.

      Hace unos años, en noviembre de 2002, la fundación Albéniz dedicó un completísimo volumen en homenaje a Vicente Cacho Viu, coordinado por Salvador Pons. Este acudió a mí para la organización de una mesa redonda que recogiese la actividad de Vicente como director de la sala de exposiciones del Ateneo durante los años cincuenta y que tuvo lugar en la “Cacharrería”.

      Coordiné dicha mesa como moderador, citando a la misma a Joaquín Vaquero Turcios y Rafael Canogar, como el primero y último expositor bajo la dirección de Cacho; a José Luís Tafur como sucesor de su labor, y a Juan Manuel Bonet, historiador y crítico de arte, director del centro reina Sofía, que en el catálogo de una reciente exposición en el Centro Colón, comisariada por Javier Tussel había dedicado unas esclarecedoras líneas a esa olvidada labor. El título de la reunión era explícito: “Apertura al arte de vanguardia”. Las intervenciones recogidas en la edición del homenaje a “Vicente Cacho Viu en la tradición liberal española” también eran elocuentes; la mía “Reivindicación de una época”; la de Bonet, “El arte en el Ateneo de Madrid durante los cincuenta”; la de Canogar, “El apoyo a los jóvenes artistas”; la de Tafur “Una mano izquierda y mandona” (seguramente refiriéndose a mí), y la de Vaquero Turcios: “Aquel abracito de Vergara”, haciendo alusión a un incidente político-intelectual que no viene a cuento. En las 25 páginas que recogen nuestras intervenciones en el referido volumen podrá encontrar el curioso lector un detenido y plural resumen de aquellos años en los que el Ateneo sirvió de soporte al resurgir del arte contemporáneo en Madrid. Y mucho me temo que fuera de esos textos muy poco más se podrá encontrar, aparte de la copiosa colección de los catálogos que por entonces se publicaron. Todo esto lo consigno porque esa desatención general, ese ninguneo, me parece injusto y mezquino. Y a la vez quizá también porque yo sea uno de los últimos testigos de aquellas lejanas tareas que tanto han influido en mi trayectoria artística.”

      JOSÉ LUÍS SÁNCHEZ Escultor y Académico de Bellas Artes

      LA PIEZA

      Mujer sentada

      Los firmes trazos de este dibujo se acumulan para terminar mostrando una obra de carácter intimista y recogido antes los ojos del espectador. Presente la melancolía y el análisis psicológico de la figura, transmite una austeridad emocional contenida. El juego de perspectiva abatida en la silla, así como la posición frontal de la figura y los contrastes de los tonos cálidos del fondo y el negro de las vestimentas, hacen que la obra adquiera el volumen escultórico que el artista adeuda de su formación. Planos cóncavos y convexos, en una total ausencia de la línea recta, construyen una sencilla figura. Es el sentido del ritmo y el espacio, que caracteriza la escultura de José Luís Sánchez, lo que también queda patente en esta obra gráfica equilibrada en la más absoluta sencillez. Los fuertes y contundentes contornos enfatizan las formas y los volúmenes de éstas, mientras que retienen en sí mismos las manchas de color que, alargadas o no, muestran una seguridad de ejecución donde vibran los pequeños matices de las tonalidades.

      Esta obra entró a formar parte de la colección del Ateneo de Madrid, tras la exposición del artista en la Sala del Prado, en el mes de abril de 1955.

      BREVE BIOGRAFÍA DEL ARTISTA

      José Luís Sánchez

      José Luís Sánchez (Almansa, Albacete, 1926). Su tío, el pintor Adolfo Sánchez Mejías, le introduce en el mundo artístico a muy temprana edad. Tras su traslado de residencia a Madrid y concluir la carrera de derecho, se matricula en la Escuela de Artes y Oficios para asistir a las clases del escultor Ángel Ferrant, su verdadero maestro. Tras ser becado en Roma, Milán y París, regresa a Madrid, donde presentará su primera muestra en la Sala del Prado del Ateneo de Madrid en el año de 1955, colaborando intensamente en la organización de varias muestras en esta institución. Sus exposiciones individuales han sido numerosas a lo largo de su trayectoria, tanto a nivel nacional como internacional, tanto en galerías comerciales como en instituciones culturales. Su obra ha sido reconocida con varios premios a lo largo de los años. Académico de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando desde el año 1986.

      FICHA TÉCNICA

      Autor: José Luis Sánchez (Almansa, Albacete, 1926)

      Cronología: 1955

      Técnica: mixta sobre papel.

      Medidas: 34 x 48 centímetros.

      Firmas o inscripciones: ángulo inferior derecho.

      Contexto cultural o estilo: pintura española del siglo XX.

      Exposiciones: no.

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